Ruta 66: Santa Mónica…, y este cuento se acabó

No sabíamos, creednos, cómo acabar esta aventura que nos llevó por los Estados Unidos de Este a Oeste por, nos contaban, la mítica, emblemática y cinematográfica Ruta66. Eso nos dijeron. Eso les prometieron desde aquí a nuestras protagonistas, Pura y Carol. Asfalto, gasolina y la naturaleza salvaje alrededor. Aventura motera en estado puro.

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Pero antes de adelantaros nada, el ánimo de nuestras ruzafeñas, ruzafenses, o llámenle ustedes como les plazca, las llevó al final, la meta, el objetivo de su periplo por Yanquilandia: Santa Mónica. Tantas jornadas de duro trasiego llegaban a su fin y, con ellas, mil y una peripecias que les mostró la cara más espectacular y mítica de los USA…, y también la más inmisericorde con aquellos que no se ajustan a los cánones establecidos.

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La preceptiva instantánea se hizo de rogar porque, entre otras cosas, para llegar a ella los ‘guías’ de la caravana ibérica decidió no hacer caso del GPS y dio una vuelta por el enjambre de autovías y circunvalaciones que rodeaban a los dorados L.A. con horas de tedioso atasco. Y, en vez de la esperada estampa motera, durante un notable periodo de tiempo, Pura y Carol contemplaron con una buena dosis de paciencia esto:

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No ha de extrañar, con semejantes componentes, que las caras de nuestras heroínas -ahora entenderán ustedes por qué este apelativo ha aparecido en repetidas ocasiones a lo largo de este periplo y por qué no se ha explicado hasta tenerlas ya en casa- denoten un cansancio existencial que solo deja paso, brevemente, a la sensación de paz y tranquilidad de lo que se sabe acabado -gracias al Diablo- y bien acabado. Ya hemos llegado, chiqui, ‘mare meua’.

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Y con la sensación de haber caído en las garras de uno de aquellos pícaros taxistas de la España franquista de los 50 con NO-DO en blanco y negro, españolitos de metro sesenta huesudos y desgalichados, mujeronas de traseros como panderos y la pata quebrá y atá a la cocina, Olé Torre del Oro y ‘cuidao zeñorito’ con la cartera, aún hubo ánimo para zambullirse en el mundo de las celebrities de aquellos años.

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La celebérrima antena de la RKO, el Tower, el Theatre de los United Artists, Broadway…, el glamour, las candilejas. Algo que rescatara a Pura y Carol del auténtico sabor casposo de la América más insalubre, ésa que azota a hispanos y españoles como la herrumbre que les entra por el Sur -escuchemos, hermanos, la voz del ‘Súper’ Trump-, por no hablar del ‘What’s that?’ de esos fornidos sureños del brazo de sus castas y sumisas esclavas al ver a dos mujeres dándose un piquito. Como para casarse en Las Vegas, ¿verdad?

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La magia aparecía en algunos buenos momentos, a pesar de los pesares, más por la increíble resistencia de nuestras chicas de Ruzafa, ‘ea, que con nosotras no pueden’;, un carácter libre y genuíno forjado en la España imperfecta, cruenta y movida que la transición nos dejó al crecer y acostumbrarnos al ‘búscate la vida, chaval/a’. En momentos así, el Almodóvar de las ‘tropocientas’ vírgenes en la entrega de los Óscar invita más a un bofetón en el cielo de la boca para quitar la tontería que a recodar el éxito español en la alfombra roja.

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Ah, por cierto, los cuerpos 10 en la playa de Santa Mónica, brillan por su ausencia. Olvídense de David Hasselhoff, la Carmen Electra de las tetas como sandías y el buenorro de la torreta en ‘Los Vigilantes de la Playa’. Olvídense de la atmósfera Beach Boys + macizos/as bronceados/as + descapotables + tablas de surf a troche y moche. Mollas por doquier, fritanga y colesterol por arrobas, y mucha mala leche.

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Es el momento en que hay que recordar uno a uno los momentos en los que dos españolas, normalitas oiga, nada extravagante ni transgresor -God save America- se gastaron una pasta gansa que sus buenos sudores laborales les había costado ahorrar, con la inocente pretensión de vivir un viaje de bodas como más les gusta, montadas sobre una Harley Davidson. Oye, todo organizado y todo OK, Mackey.

La primera en la frente: La moto que les preparan no tiene freno de mano, y la dirección se va a la izquierda, tanto que el empleado que la recoge se la tiene que llevar como puede… Toma otra, anda, ya me está tocando las ‘balls’ la española ésta. Tampoco. La segunda moto ‘de repuesto’, no está adaptada para llevar pasajero, no lleva respaldo. Un leve acelerón y…, ‘Adiós, Carol’. Pues bonita, el viaje lo vais a hacer en la furgoneta. Y de carreteras de interminable vista y un coche cada dos horas, nada. Autovías que convierten a la M30 española en un desierto y un tráfico -permítanme el exhabrupto- de mierda. Los yanquis, la distancia de seguridad deben medirla con semejante parte de su anatomía. Y por lo visto, van cortos.

Dos horas intentando hacerse con ella, sin suerte. La moto era 'de izquierdas'. Raro en USA, ¿no?

Dos horas intentando hacerse con ella, sin suerte. La moto era ‘de izquierdas’. Raro en USA, ¿no?

Hasta que llegamos al trato dispensado. Restaurante fritanguero de carretera. “Oiga, señor guía de esos españoles (ya saben, de por Sudamérica o por ahí). Que se me han ido sin pagar 150$. Y como los norteamericanos somos muy civilizados y muy honrados, por mis ‘balls’ que han sido ellos”. Y el guía, único agarradero de nuestras chicas en el ‘Far West’, se pone de parte de la ‘fritanguería’. Dos días en plan Cisneros, formando actos de Fé inquisitoriales a ver quién cojones se ha ido sin pagar. Menos mal que la justicia divina -o más bien la de la prudencia- permitió a Pura casi virtualmente estamparle los tickets de haber pagado en la cara al ‘guía’.

Las Vegas, qué bonito…, si no tienes claustrofobia, claro. Como los primeros en escoger habitación, innegociable, son los anglosajones -que para eso parieron la ‘patria americana’ cargándose todo lo que llevara plumas a dos patas sin ser gallinas-, te toca el piso 12. Y las escaleras no son para los clientes. “Va, señor cachas, le prometo que no somos de ISIS, que no le quemamos el chiringuito”. 12 pisos.

No hay quien pueda con ellas, ni siquiera la Ruta66. Pura y Carol son, sin duda, mis heroínas.

No hay quien pueda con ellas, ni siquiera la Ruta66. Pura y Carol son, sin duda, mis heroínas.

Xenofobia, homofobia, prejuicios y caspa por arrobas…, y quien promete aquí un viaje de placer y lujo -al menos el precio sí es para ello-, y lo convierte o, al menos lo intenta, en una auténtica pesadilla y, por ende, un viaje de bodas en un auténtico infierno. Menos mal que nuestras chicas, además de ser mi matrimonio favorito, llevan el sello de la supervivencia grabado a fuego y un positivismo a prueba de bombas. Apunten un nombre: EagleRider. Ni acercarse. No digo más. O sí. Creo que hay para un epílogo, rico, rico porque me chivan por el ‘pinganillo’ whatsappero que no es la primera vez.

Fotos: Pura Giménez, Carol Belda y Víctor Muntané.


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