Varios colectivos animalistas se han concentrado hoy ante la Conselleria de Agricultura para protestar contra la decisión del área dirigida por Mireia Mollà de autorizar batidas de caza de jabalíes en pleno Parque Natural del Desert de les Palmes, en la Plana Alta de la provincia de Castelló, en término municipal de Benicàssim.
Con esta medida, argumentan los ecologistas, las escopetas han vuelto al Parque Natural, espacio natural protegido e integrado en la Red Natura 2000 debido a la singularidad del paisaje, la riqueza de especies botánicas que alberga y la presencia de animales como búhos, halcones, águilas, murciélagos o la amenazada tortuga mediterránea, características que han llevado a su designación como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), que indica su interés comunitario para la conservación hábitats y especies de la Directiva Hábitats, y para la conservación de las especies de aves de la Directiva de las Aves, ambas normas europeas que obligan a la protección de los ecosistemas y de sus habitantes.
Sin embargo, y pese a «la preocupación que por el medio natural parecen tener las administraciones valencianas a la vista de tan ecológicas declaraciones de intenciones» señalan los animalistas, «la realidad es muy diferente, pues con la delirante excusa de la superpoblaciones, llevan a cabo lo que se ha dado en llamar ‘controles poblacionales’, que, en la práctica se traduce en la cruel y arcaica costumbre de matar a los animales a tiros».
«Es el macabro turno», lamentan los ecologistas, «de los jabalíes, a los que se acusa de causar enormes daños agrícolas y de estar a punto de invadirnos a modo de horda bárbara. Por ser el parque un espacio protegido, para autorizar actividades como la caza es preciso disponer de un informe técnico que avale la presunta superpoblación; pero resulta que el tal informe, que, efectivamente, existe, no es más que un recuento hecho por los propios cazadores y avalado por el Servicio de Caza y Pesca de la Generalitat Valenciana. Es decir, son los mismos cazadores quienes justifican sus acciones elaborando sus propios y sesgados recuentos, sin tener en cuenta que para realizar un correcto recuento de estos animales, hay que recurrir al fototrampeo. Mediante las imágenes obtenidas es posible caracterizar los grupos, su abundancia, su distribución geográfica y su índice de reproducción».
Los jabalíes son animales sociales cuya estructura social básica está formada por varias hembras solas o acompañadas por juveniles de diferentes camadas, guiadas por una matriarca que se caracteriza por ser la mayor, la más experimentada o la más fuerte del grupo. Poseen un complejo sistema de comunicación entre los diferentes miembros del grupo: gruñidos cortos y secos con la misión de marcar una situación de alerta u otros más agudos, indicativos de que es necesario emprender la huida, son dos de los más habituales. Contribuyen a mantener la salud de los espacios forestales, aireando el suelo, dispersando semillas y esporas de hongos y liberando de parásitos la corteza de los árboles.
Para los colectivos convocantes de la protesta, «la caza es una práctica cruel supone la muerte de millones de animales cada año lo que justifica sobradamente su repulsa. La creciente sensibilidad social hacia los demás animales, basada en los estudios que demuestran la complejidad de sus habilidades cognitivas y emocionales, plantea problemas éticos a la hora de autorizar actividades tan crueles. Una vez probado y asumido que compartimos el interés por vivir, por mantener nuestra integridad y por desarrollarnos como individuos, se hace necesario revisar la relación que mantenemos con ellos, buscando alternativas a los usos que coarten tales intereses. Además, se promociona como una práctica inevitable que contribuye a regular los ecosistemas, afirmación totalmente falaz. Los grupos familiares estables acostumbran a moverse por las mismas zonas (son animales de costumbres), y muestran un índice de reproducción bajo, impidiendo una sobrepoblación que los desequilibre. Por el contrario, el hecho de matar a un determinado número de individuos de un grupo causa un desequilibrio en la población, de modo que se ponen en marcha mecanismos de reproducción compensatorios para paliar el daño sufrido y garantizar, así, la pervivencia del clan», explican.
En consecuencia, se amplían los períodos de reproducción, aumenta el número de crías en cada parto y las hembras son fértiles a edades más tempranas, incluso con tan solo uno o dos años de edad. La aparición de esta «maternidad inmadura» hace que las madres y sus crías tiendan al alimento fácil de las tierras de cultivo, haciéndose dependientes del ser humano para su supervivencia. Por otra parte, los animales abatidos suelen ser machos adultos, ejemplares más codiciados como trofeos por su mayor tamaño, lo que conlleva el rejuvenecimiento aberrante de las poblaciones; la eliminación de las matriarcas, más adultas y experimentadas, incrementa el número de jóvenes que vagan erráticos y desorientados con poca capacidad de adaptación a un entorno que les resulta hostil, pues no han aprendido de sus mayores a sobrevivir, provocando la ruptura de las estructuras sociales imprescindibles para el correcto desarrollo de las especies y del ecosistema.
Los animalistas recuerdan que «la Administración conoce perfectamente los nefastos efectos de la caza pero la sigue manteniendo porque, responsabilizando a los demás animales de daños a los ecosistemas, oculta su propia inacción en materia de protección medioambiental. Se permiten actividades que contaminan, deforestan y aniquilan especies enteras y, como agravante, se proponen soluciones que siguen pasando por prácticas crueles y cavernarias, que ya se han demostrado como bárbaras y dañinas para el medio», concluyen.








