
En el interior de la Marina Alta, entre el Barranc de l’Infern y el curso del río Girona, en el término municipal de la Vall de Laguar, se levanta una de las obras hidráulicas más curiosas de la provincia de Alicante: la presa de Isbert. Concebida para almacenar agua y mejorar el regadío de la comarca, la infraestructura terminó convertida en un caso singular de la ingeniería valenciana: un embalse construido en un lugar donde la geología impedía, precisamente, embalsar.
La presa figura en los registros técnicos como una infraestructura de arco-gravedad, de titularidad estatal y destinada al riego. Con una altura desde cimientos de 29 metros, una cuenca de aportación de 118 kilómetros cuadrados y una capacidad a nivel máximo normal de 1 hectómetro cúbico. Su fecha oficial de finalización aparece fechada en 1945.
Sin embargo, la historia del pantano de Isbert venía de antes. Los primeros intentos y fases de construcción datan de la década de los 30, en un proyecto que arrastró décadas de expectativas, dificultades técnicas y dudas sobre la idoneidad del emplazamiento. El objetivo era claro: aprovechar las aguas del Girona para garantizar recursos hídricos a una zona agrícola necesitada de regulación.
El problema apareció cuando el embalse debía cumplir su función principal. El vaso de la presa se asienta sobre un terreno calizo, muy fracturado y permeable, característico de los sistemas kársticos. En la práctica, el agua no permanecía retenida durante largos periodos, sino que se infiltraba a través del lecho y las paredes del vaso. Lo que sobre el plano era un embalse, sobre el terreno se comportaba como una gran zona de filtración natural.
La propia Confederación Hidrográfica del Júcar ha reconocido esa limitación en documentación ambiental vinculada a la Marina Alta. En la memoria ambiental del Plan Director de Defensa contra las Avenidas en la comarca se describe la presa de Isbert como una infraestructura de escasa capacidad efectiva y se señala expresamente que la alta permeabilidad de su vaso hace que permanezca vacía. Esta es la clave que explica por qué el proyecto no llegó a funcionar como embalse regulador convencional.
Ese rasgo, que en origen fue un fracaso para el objetivo agrícola previsto, ha dado al lugar una segunda lectura desde el punto de vista hidrogeológico. El Instituto Geológico y Minero de España analizó el papel de la zona en relación con la recarga artificial del acuífero de Orba, estudiando la posibilidad de aprovechar excedentes hídricos procedentes de la presa de Isbert y del río Girona para favorecer la infiltración y la recuperación de recursos subterráneos.
Es decir, Isbert no consiguió almacenar agua como se esperaba, pero su comportamiento sí permite entender mejor la relación entre el río Girona, los acuíferos de la Marina Alta y los procesos naturales de infiltración. El agua que no queda retenida en superficie no desaparece sin más: se introduce en un sistema subterráneo de fisuras, cavidades y materiales permeables que forman parte de la dinámica hídrica de la zona.
Esta es también la explicación más rigurosa para una de las curiosidades que suele acompañar al relato popular del embalse. A menudo se dice que bajo la presa existen galerías por las que el agua se pierde hasta reaparecer kilómetros más lejos. La idea tiene una base lógica en el carácter kárstico del terreno, pero conviene formularla con prudencia: lo contrastado es la elevada permeabilidad del vaso y su relación con procesos de recarga subterránea, no necesariamente la existencia de un único conducto subterráneo identificable como si fuera una tubería natural.
Una presa vacía
El resultado es una imagen poco habitual. Durante la mayor parte del tiempo, la presa de Isbert aparece prácticamente vacía, como una obra hidráulica detenida entre la ambición técnica y la resistencia del terreno. Pero cuando se producen lluvias intensas en la Marina Alta, el antiguo embalse revive de forma temporal. El agua se acumula, transforma el paisaje y devuelve durante unos días la apariencia de pantano al lugar para el que fue concebido.
Esa situación se ha repetido en episodios recientes de precipitaciones importantes. En marzo de 2025, tras lluvias muy abundantes en la Marina Alta, la presa volvió a acumular agua. En municipios próximos como la Vall de Gallinera y la Vall d’Ebo se llegaron a registrar acumulados de hasta 400 litros por metro cuadrado.
La presa de Isbert es, por tanto, mucho más que una obra fallida. Es un ejemplo de los límites de la ingeniería cuando no se ajusta por completo a la realidad geológica del territorio. También es un recordatorio de la complejidad hídrica de la Marina Alta, una comarca donde la gestión del agua siempre ha estado condicionada por la irregularidad de las lluvias, la presión agrícola, los acuíferos y la propia configuración del terreno.
Hoy, el embalse que nunca llegó a serlo funciona casi como una lección al aire libre. En sus muros se lee la ambición de una época que buscaba dominar el agua para transformar la agricultura. En su vaso vacío se entiende la respuesta de la montaña. Y en cada episodio de lluvia intensa, cuando el río Girona vuelve a ocupar temporalmente el espacio del pantano, Isbert recupera por unos días la imagen de lo que pudo haber sido.








