La subida al Oronet es una de las rutas de peñas y grupos ciclistas con más arraigo e historia del deporte de las dos ruedas en la provincia de València. Desde hace más de cuarenta años, estas carreteras ven subir y bajar grupos de bicicletas como un elemento más del paisaje.
Así, en su paso por Náquera, es tradicional hacer parada, bien antes de la subida final o ya de bajada tras la coronación ‘en alto’. Bocatas, cervecita y ‘cortado’ y para casa. Es la historia de muchos de los grandes aficionados al ciclismo, hermanados en mayor o menor medida con esta población del Camp de Túria. Y también lo es de Hugo Royo y Santi Puigmoltó, dos amigos a los que la bicicleta unió hasta el punto de situar, justo en Náquera, un lugar de buen comer y mejor beber al que, como no podía ser de otra forma, han dado en llamar ‘La Bicicleta’.

Ya el aspecto desde el exterior, apenas entrados en el núcleo urbano de Náquera, invita a entrar. Espacio diáfano de una terraza que parece diseñada para las maravillosas cenas ‘a la fresca’, con color, olor y tacto de madera, dan la bienvenida al viajero antes de entrar al salón, también diáfano, de un estilo claro y acogedor que harán la estancia más que reconfortable.

Presidiendo el muro del fondo, lógicamente, cuelga reluciente y poderosa la protagonista, la reina del local: una bicicleta de carreras seguramente con más de mil kilómetros a sus ruedas. Había visto antes utilizar una bicicleta como elemento de decoración, pero ni con argumentos ni carga simbólica como los que justifican, más que de sobra, su presencia aquí.

Hoy somos un nutrido grupo de periodistas y comunicadores los que, con permiso del calor, nos hemos acercado para conocer este maravilloso templo del buen yantar que lleva apenas dos semanas abierto. Y con los primeros abrazos, saludos y recuerdos para ausentes, ya nos reciben las primeras tapas de buena comida casera, sin grandes pretensiones creativas ni conceptuales, pero basadas sobre todo en una máxima que en La Bicicleta es ley: producto de primera calidad.

Un ajoarriero espectacular, con sus tostas correspondientes, acompañado de un surtido de croquetas de jamón, de pollo y de boletus -estas últimas impresionantemente sabrosas- abren el camino a unas magníficas patatas bravas caseras -desterrando con contundencia al maldito ketchup y dando a su majestad el tomate su lugar- y la inevitable ensaladilla rusa que, suave y cuidada, termina por rellenar el tiempo hasta ver llegar a las clóchinas, siempre bien recibidas por estas tierras de Levante.
Todo regado con un agradecido Pasión de Bobal para los amantes del vino, y la sufrida cerveza para los que no.

En ese momento surge una idea: Una suerte de ‘deja vu’ nos asalta a todos, trasladándonos el paladar a un mediodía de domingo sin dejar de estar a jueves. «Juemingo», apuntan con el beneplácito de los demás.
El plato principal viene en dos paellas de gran tamaño, una con paella tradicional y otra con fideuà -ojo, como bien apunta el experto, con fideo fino, como mandan los cánones-. Sin palabras. Todo sabor, todo ciencia culinaria de la que nos gusta a los valencianos.

Y para postre, un compendio para todos los gustos, con una suave tarta para los golosos, y fresca piña troceada para los fofisanos. Aquí todos tenemos nuestro momento de gloria.

La sobremesa se cumple también conforme a los cánones, bajo sombraje pero al aire libre, en la terraza que nos acogía al entrar. Cortadito, algún ‘cremaet’ -que también pertenece al recetario del buen comer valenciano-, y foto de grupo. Como bien dice nuestro compañero Manolo Furió, «Qué bien se está cuando se está bien». Y es que, en La Biciclieta, se está bien de sabor, de sentar, y de compañía y trato. Cuando uno siente que está como en casa, a gusto y sin demasiadas ganas de irse, es que hay que repetir. Y repetiremos, sin duda.








