El Palacio de Congresos de Valencia acogió este sábado el último de los dos conciertos que la Film Symphony Orchestra ha ofrecido en la capital del Túria estas navidades. Con un lleno incontestable que viene siendo una constante cada vez que la formación de Constantino Martínez-Orts visita a la que es su casa, la magia volvió a envolver el patio de butacas hasta emocionar a propios y extraños con cada pieza, cada nota.
Desde la épica, pasando por la sofisticación hasta la ternura más sobrecogedora, la orquesta fue encandilando al público como sólo sabe hacer ese matrimonio cada vez más afianzado entre el cine y la música encarnado en la FSO y su director.
Y no es casual. Muchas de las piezas que engrosan las bandas sonoras de las películas más sobresalientes dedican sus compases más celebrados al retrato, desde la melodía, de situaciones emocionales concretas. No es de sorprender, entonces, que interpretadas desde el corazón y desde la indudable vocación comunicadora de este formidable grupo de músicos, generen un sinfín de emociones en el público. Algo que queda patente en ese aplauso a rabiar que coronó ayer el final de cada una de las piezas del programa.
El relato dispuesto por la FSO sobre el Palacio de Congresos fue grandilocuente, emocionante y espectacular en todos los sentidos, también en el complemento visual, un aspecto siempre cuidado por esta magnífica formación que va camino de ‘doctorarse cum laude‘ en las tablas españolas.
A destacar el esfuerzo, no sé si meditado o intuído, por escapar de cualquier tipo de dependencia de la estética Star Wars. La música de John Williams estuvo presente en el programa con dos piezas pero sólo ‘Han Solo‘ pertenecía a la galáctica saga que precisamente estas navidades concluyen en las salas de cine con su novena entrega. Habría sido muy fácil aprovechar el tirón pero a estos genios no les ha hecho falta en absoluto.
También la épica dejó paso a piezas más relajadas, románticas y hasta melancólicas, que abrieron el abanico de emociones a una mayor amplitud de registros. El resultado, sin duda, fue apoteósico. Y, parafraseando a la última entrega de Star Wars, «El ascenso de Skywalker», la FSO ha conseguido con esta nueva visita a su casa un más que notable ascenso al éxtasis conjunto, con el público y con ellos mismos.
Bandas sonoras que emocionan
Ana entra en el vestíbulo del Palacio de Congresos con una amplia inspiración. Ésa que resulta inevitable ante el agradable cosquilleo que le recuerda que está a punto de vivir algo bueno, exactamente el mismo que, siendo pequeña, le sobrevenía la noche de Reyes.
Ni siquiera recuerda que al cine va siempre acompañada, por aquello de que su oído sólo capta parte de los sonidos que emite la gran pantalla. Algunas cosas, especialmente de los diálogos, se pierde. Por eso Jose, el amor de su vida, le completa la experiencia de cada película haciéndole llegar entre susurros lo que no ha llegado a oír.
Pero esta noche es distinto. Las bandas sonoras le cuentan, con el sentimiento que una melodía es capaz de transmitir, las situaciones, la atmósfera, el sentido y las emociones que las palabras a veces le niegan. Y ella lo sabe. Por eso, la Film Symphony Orchestra le llena de esa manera tan especial. Porque despliega sobre el escenario una sucesión de emociones inenarrable.
Siempre está la posibilidad de que el sonido no llegue en plenitud, claro. Y también de que haya matices, instrumentos y sonidos en segundo plano, que se pierdan en el infinito… Pero toda duda queda resuelta cuando la música empieza a sonar en el Palacio de Congresos.
Ana sigue los movimientos de Constantino Martínez-Orts con la batuta, en busca del instrumento o grupo de instrumentos a los que está dando la orden en el aire. Con su movimiento corporal y sus brazos, de espaldas al público, Ana también le «lee los labios». Entonces busca el instrumento con la mirada y cuando lo encuentra, una cuerda, un viento, un arpa…, busca las manos del músico o la música y entonces encuentra en sus movimientos la sintonía que está sonando en su audífono. Así, junto a todo el apoyo de su amor… Ana oye la música.
Una experiencia que alcanza su momento cumbre cuando, al comenzar a sonar los primeros compases de la pieza de ‘Interestellar‘, compuesta por Hans Zimmer, su piel se eriza de la cabeza a los pies hasta dejar escapar unas lágrimas que le confirman que sí, que está sintiendo la música y la película para la que fue hecha, por cada poro de la piel.
Algo se mueve en ese corazón enorme que tanto admiramos quien conocemos a Ana. Suena ‘Regreso al Futuro III‘ y las lágrimas salen a la superficie entonces en el rostro de Jose… «¿Qué quieres? No lo puedo evitar». Y el objetivo está cumplido.
Llorar de emoción no es algo que se produzca por la ejecución magistral -que lo es- de la gente que engrosa la FSO en cada pieza; tampoco por los arreglos que consiguen enfatizar cada matiz, cada pasaje de las partituras para conseguir el efecto deseado; ni siquiera por la magnífica selección llevada a cabo por Martínez-Orts de entre un auténtico universo de películas… Es por algo tan sencillo como difícil de conseguir: La absoluta comunión entre los que interpretan y el público. El mensaje llega con toda su carga emocional hasta el último poro del público. Y eso no es nada fácil de conseguir.
Ana y Jose siguen con el ánimo encendido incluso después de abandonar el Palacio de Congresos, no sin antes fotografiarse con los personajes de Star Wars, Vengadores, etc., dispuestos en el vestíbulo. La noche ha quedado magnífica. Insuperable.










