
Deja que adivine: algunos de tus contactos en las redes sociales te provocan cierta sensación de envidia. Es leve, apenas escuece, pero está ahí. Sucede además a sabiendas de que esos contactos exhiben una imagen poco real de sus vidas, porque tanta felicidad perenne y exuberante pocas veces es de verdad. Lo sabes tú, lo saben ellos y lo sabe todo el mundo, pero aún así: ¿por qué nos siguen generando celos?
Para empezar, hemos de tener presente que en la vida de cada ser humano hay y habrá siempre claroscuros. Por regla general las relaciones con los amigos suelen ser sanas en la infancia y en la adolescencia, pero en la etapa de la adultez el individuo deposita más energía y tiempo en el trabajo o la pareja, con lo que las relaciones de amistad acaban resintiéndose. Sirva esta realidad como ejemplo de claroscuro.
A partir de ahí, desde ese distanciamiento, hemos de evaluar por qué nos visitan sentimientos no reclamados como la envidia o los celos, sentimientos que suelen estar latentes en cada uno de nosotros y que debemos saber identificar. En el caso concreto de la envidia, ésta tiene que ver con el hecho de querer lo que el otro tiene y, más profundamente, de padecer insatisfacción e inconformismo con lo que se es y lo que se posee.
Fijémonos en los niños: estos anhelan lo que otros disfrutan, da igual si es un juguete, un pantalón o una goma de borrar. Ese acceso de envidia tiene relación con el instinto y aparece de manera automática, sin distinción de clase social o lugar de nacimiento. Es un tipo de envidia que no deja residuos ni huella emocional, pues el recuerdo de la mayoría –excepto en países con situaciones extremas –suele ser agradable cuando uno se retrotrae a su infancia y a las personas que fueron importantes en ella.
Respecto a los celos, éstos tienen relación con querer dominar a otra persona y suelen aparecer en las relaciones, a menudo disfrazados de ‘ego’. En constantes luchas de poder. ¿Quién tiene la razón? ¿Quién decide a qué sitio ir o con qué personas salir? El ego más fuerte ejerce control sobre otro individuo y muchas veces sobre el grupo en general, pero este tipo de relación suele ser dañina debido a que la parte contraria se siente atrapada. Aquí habita el miedo a la soledad de no tragar con ese ego o de no seguir los mandatos de un grupo determinado.
Entonces, dando por conocidos y entendidos los sentimientos tóxicos que asoman al calor de las redes sociales, conviene replantearnos la pregunta: si las fotos de mis amigos me dan envidia, ¿significa eso que mi vida no es plena? ¿Necesito un cambio urgente? Sí, pero la buena noticia es que la envidia puede ser el estímulo que necesitas para alcanzar tus objetivos. Es decir, sentir envidia es relativamente normal y cuando esa emoción es momentánea puede servirnos para hacer cosas que nos agradan, que nos satisfacen. En cambio, si nos quedamos conectados a la envidia y no materializamos nuestras motivaciones, esa envidia irá en aumento y adquirirá dimensiones preocupantes. Será inmanejable.
Así, cada ser humano ha de evolucionar hacia una sensación de plenitud efectiva. Nadie vendrá a hacerlo por nosotros. Toca salir de la cueva y explorar nuestra parcelita de mundo. Dejar de mirarnos al espejo de las redes y andar nuestro propio camino, incluso cuando se deambula cual flâneur, porque este camino cada día nos da pistas de si es o no el adecuado. Sabemos distinguir si estamos satisfechos o insatisfechos cuando nos quedamos a solas con nosotros mismos. Si la balanza se inclina a la satisfacción, sonrisa y adelante; no miramos atrás. Si la balanza cae hacia la insatisfacción, entonces veamos que se puede hacer para no perdernos en comparaciones con retazos de vidas ajenas.
En definitiva, más allá de lo que vemos en la pantalla de nuestro móvil o de nuestro ordenador, y mucho más importante que la felicidad impostada a la que uno se quiere asemejar; por encima de todo eso, el individuo ha de aprender a estar bien consigo mismo, conocer su verdadero potencial y permitirse ser lo que es, sin prejuicios. Actuemos libremente allá donde estemos, con la familia, los amigos, la pareja o la familia. Rompamos los corsés y dejemos de sufrir. Las redes sociales guardan la singularidad de muchas otras herramientas: son al mismo tiempo una oportunidad y una trampa. Que nos impulsen o nos tumben solo depende de nosotros.








