Volvemos sobre nuestros pasos para detenernos en un paraje tan indómito como espectacular. Y es que el Gran Cañón del Colorado, en pleno estado de Arizona, es una obra de arte de la Naturaleza, excavado durante millones de años por la erosión del río Colorado, que esculpió lo que hoy conocemos a través de capas y capas de sedimento multicolor.

El primer europeo que contempló el Gran Cañón del Colorado fue un español, García López de Cárdenas, que desde 1540 participó en la expedición de Francisco Vázquez de Coronado, que iba en busca de las míticas siete ciudades de oro del reino de Cíbola. Como en Santa Fé, estas tierras fueron descubiertas por los conquistadores españoles del siglo XVI.

North Rim, uno de los grandes miradores que los Navajos permitieron construir en su reserva para obtener ingresos para su maltrecho, casi extinto pueblo, se alza majestuoso sobre un cúmulo de estructuras recortadas entre el cielo y el suelo.
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Uno enmudece ante la monumental obra quasi escultórica que el agua ha tallado con la mano paciente de millones y millones de años. E inevitablemente -sobre todo los que peinamos canas- esperamos ver aparecer a dos figuras que nuestra memoria colectiva coloca en estos parajes: Correcaminos y el infame pero siempre desafortunado Coyote, con quien aparece Pura en esta imagen, poco después, en su visita al Museo de la Warner.

Bip, bip… No, dejemos relajarse al pobre Coyote, siempre exhausto, cuando no aplastado en el suelo tras una de sus míticas caídas de más de cien metros, con alarido incluído. Una belleza cuya contemplación exige casi todo el aliento que son capaces de atesorar sus visitantes.


Fotos: Pura Giménez, Carol Belda y Víctor Muntané.








