Recientemente, tuve la oportunidad de participar en un encuentro de los organizadores de la Spartan Race en Valencia con algunos de los más destacados periodistas de la prensa deportiva de la ciudad. El que escribe estas líneas, que además de peinar canas desde hace ya algún que otro año posee el dudoso honor de lucir un estupendo abdominal -efectivamente, uno solo que cubre desde el esternón hasta donde no quiero nombrar-, no pudo sino arquear una de las dos cejas con escepticismo: «Pero…, ¿que hay que hacer? Porque a mí, lo de los barrigazos de las pistas americanas en la mili ya le queda en el rincón de las historietas».
Pero pudo más el buen tino que mi amigo el gran David, que era quien nos convocaba, suele tener cuando cuenta conmigo en ruedas de prensa, excursiones, incursiones y demás ‘saraos’. Un día de estos le tengo que nombrar Ángel de la Guarda Suplente. Llegué al Parque de Cabecera cuando comenzaban a agonizar los últimos rayos de ese Sol que nos ha achicharrado en agosto y septiembre, y la visión de los obstáculos que los chicos de la Spartan nos habían preparado me hizo torcer los labios y rumiar un «pues como quieran que pase yo esto, van apañaos».

La reunión se completó con la llegada de los convocados y llegó el momento en que nos repartieron las camisetas de entrenamiento, con el reconocible dibujo del casco espartano en la parte delantera y una leyenda en la parte trasera, algo así como ‘entrenando para la Spartan Race’. «Muy chulas, sí señor, pero a mí no me cabe…», acerté a comentar chistoso. Y es que la completa seguridad de hacer el ridículo más espantoso a poco que nos movamos con la gracia de un elefante sobre un hilo de coser, a los gordos nos mueve a recurrir al socorrido buen humor. Reírse de uno mismo amortigua el esperpento.
Preparado ya para esconderme en mi capa de sarcasmo, comenzó el entrenamiento y, sin esperarlo, la actitud de nuestros ‘cicerone’ transformó de forma irremediable el devenir del evento y por supuesto mi visión y posición ante el mismo. Para resumirlo, lo que sobrevino fue una invitación a participar ‘de verdad’ sin excusas. No había lugar a la rendición o la retirada. «Tú puedes». Escuché esa frase con una contundencia y una seguridad que me arrastró a intentar hacer algo a derechas sin miedo escénico alguno. Y se obró el milagro.
Por primera vez, la práctica deportiva abandonó la competitividad, la comparación, el «yo más que tú» o «mejor que tú». Y lo mejor de todo es que, sin deslucir el entrenamiento, éste parecía que se acercaba a la altura -o bajura, más bien- en la que mi maltrecho físico tenía cabida. El objetivo, estaba claro, era que todos fuéramos capaces de alcanzar los retos que se nos iban planteando.

Y casi sin querer, me convirtieron en protagonista. Inevitable, a la vista de mi tamaño y mi complexión y peso. Pero un protagonismo sano, diferente. Y, por primera vez también, no para constatar el resultado de una mala dieta -o la ausencia total de una dieta-. Los más de 120 kilos que me adornan fueron capaces, con la ayuda y aliento de mis compañeros de entrenamiento y la de Bea y Ángel Sanz, mis ángeles de la guarda de la Spartan Race, de subir y bajar un muro de algo más de dos metros, levantar una rueda de proporciones ‘gulliverescas’ como si fuera un pañuelo e incluso correr llevando ‘a caballito’ a la bella Beatriz Crespo.
Y llegó la oportunidad de charlar. Evidentemente en la Spartan Race hay participantes que compiten, y eso es magnífico y da instantáneas espectaculares. Pero hay mucho más detrás. Hay grupos de personas en los que todos sus componentes desbordan su ilusión y ponen a prueba su capacidad, se apoyan los unos a los otros y lloran de alegría cuando se sienten capaces de llegar a la meta, no importa cuándo, no importa en qué puesto. Importa poder. Gordos, flacos, altos, bajos, chicas, chicos, abuelos, abuelas, ricos, pobres… Da igual. Todos tenemos algo que aportar. Y entonces recordé aquella consigna del inolvidable Barrio Sésamo: «Solo no puedes; con amigos, sí». Esa es la clave.
Una nueva concepción de la práctica deportiva que, a mi humilde criterio, ejemplifica a la perfección el espíritu del Deporte: marcarse retos para ser y ayudar a ser mejor, sumando potenciales en pos del grupo. Una enseñanza vital muy enriquecedora. La Spartan Race se está haciendo un hueco entre las legiones de runners, ciclistas y demás aficionados al deporte. Y ha llegado para quedarse. Yo ya soy un espartano. Yo puedo.








